Para empezar es
necesario recordar que hemos sido creados por Dios, lo cual es una verdad de
fe, y que se distingue totalmente de las concepciones materialistas que afirman
que apenas nos distinguimos de los primates. No se tiene en cuenta que cada
hombre tiene metas, sueños y todas ellas están en planes; todavía no se
realizan, pero el hombre lucha por ellos,
tiene la esperanza de alcanzarlas. Esta esperanza, a la que se podría denominar
humana, no sería posible sin ese anhelo
infinito de plenitud que el Creador ha puesto en cada de nosotros. Venimos de Él y a Él debemos volver y Él es
nuestra meta, el manantial que sacia la sed infinita de nuestro corazón; y somos
capaces de anhelar el bien, la belleza.
El es lo que verdaderamente esperamos.
Poe ejemplo, todo niño
quiere llegar a ser grande, aquel que empieza una carrera quiere llegar a ser un
profesional, tienen la esperanza de lograrlo y luchan por ello. Así, cada cristiano ha de luchar por alcanzar el
encuentro con su Creador, pues solo en
Él encontrará el bien que anhela su voluntad, su fin y su felicidad.
Por otro lado hay que
tener en cuenta que la esperanza es una virtud
teologal y que aunque Dios la da, necesita de nuestra
correspondencia. La esperanza es aquello
que nos sostiene cada día en nuestra lucha, tanto en la ciudad terrena como en
la preparación de la ciudad celeste, y es esa
esperanza de lo infinito la que da consistencia a nuestras metas terrenas.
Decía el papa Benedicto XVI “el fundamento de nuestra esperanza, es la
misericordia de Dios.” Y San Agustín
decía: la misericordia es que Dios, se fija en el corazón del miserable. El amor de Dios es tan grande que nunca nos
abandona. Y esta verdad es fundamental
para alcanzar nuestras metas; para esperar el encuentro con aquel que nos ha
creado por amor, al que es AMOR.
Finalmente hacer una
mirada retrospectiva y ver cuántos hombres de Dios esperaron, alcanzaron
y llenaron todas las aspiraciones de su corazón, fueron colmados de la felicidad que dura para
siempre. Entre ellos están la Virgen María,
Madre de Dios, Juan Pablo Segundo, la Beata Teresa de Calcuta y muchos más. Es
hora de luchar y luchar con perseverancia por aquel y para Quien hemos sido
creados. Porque solo Él tiene todo lo que anhelamos y es Él a Quien esperamos y
por Quien esperamos.
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